domingo, 2 de noviembre de 2008

Bolivia, una literatura sufrida y hermosa

Cuentos violentos: represión y resistencia en Bolivia
S. Sandor John
Traducción del inglés:
José Alberto Fonseca Ornelas

En los cuentos de Víctor Montoya el pasado no es “otro país”.1 No lo es nunca en ningún lugar, pero mucho menos en Bolivia. En Bolivia, el pasado nunca se encuentra demasiado lejos. Se lo puede tocar en las paredes de La Paz. Se lo puede respirar en el aire polvoriento de Oruro. En el gélido Potosí, se encuentra en el laberíntico interior del Cerro Rico, donde niños trabajadores pasan sus días en túneles cuya plata proveyó buena parte de la riqueza europea durante varios siglos.

El pasado no es un país extraño para el boliviano al que, como a muchos otros, la violenta historia de su país obligó a exiliarse en una tierra distante y extraña. Para los exiliados, el recuerdo de la tierra nativa reporta tanto placer como dolor. Para ellos olvidar sería lo mismo que traicionar. Víctor Montoya escribe en Suecia, donde ha vivido desde la época de la dictadura de Hugo Banzer en Bolivia. Sus cuentos no permiten que la celda carcelaria ni la cámara de tortura se desvanezcan en un distante pasado. La Masacre de la Noche de San Juan que presenció siendo niño hace cuarenta años, no se ha ido: sigue siendo parte del presente. Muchos de sus personajes se unen a las filas de los “desaparecidos”, cuya memoria no puede encontrar reposo.

Los mineros y la memoria histórica

Los mineros pueblan estos cuentos. En las minas de Bolivia, un acre líquido cargado de mineral se escurre por las paredes y corre por los túneles y galerías. Los mineros la llaman copagira, y dicen que también corre por sus venas. En los cuentos de Víctor Montoya, podemos inhalar el penetrante y metálico aroma de la copagira, que corroe todo exhorto a olvidar y perdonar.

Muchos de sus personajes son mineros; otros, jóvenes activistas para quienes los mineros representaban la vanguardia de la esperanza revolucionaria. Para generaciones de mineros bolivianos, la identidad ha estado inextricablemente fundida con la memoria colectiva. Sus luchas les dotaron de lo que un historiador boliviano llamó “mejor sentido histórico que todas sus iguales en el continente”.2

En Bolivia, la historia se asoma a través de la superficie del presente. A veces lo derriba. El primer relato de este libro trata de la muerte del último emperador inca a manos de los conquistadores encabezados por Pizarro. No hace mucho, cuando Bolivia se encontraba al borde de la guerra civil por segunda vez en dos años, escuché a un hombre en un barrio de La Paz que daba un discurso sobre los españoles como Pizarro y las revueltas indígenas como la que dirigió en 1781 un insurgente que adoptó el nombre de Túpac en honor a los ancestros incas. Los vecinos expresaron su acuerdo con el orador: sí, decían, tiene razón, debemos aprender de lo que ocurrió en 1781 y apoyar a los insurgentes indios hoy. Al otro lado de la ciudad, el último ocupante del palacio presidencial estaba a punto de renunciar.

El palacio de gobierno se llama Palacio Quemado, pues fue incendiado durante las revueltas de 1875. El reloj de la fachada del edificio ha estado parado por décadas. Justo frente al palacio hay un poste con una gran placa que conmemora al presidente nacionalista que fue colgado precisamente ahí en 1946. Siguieron seis décadas repletas de choques y conflictos, puntuadas por los cachorros de dinamita que los mineros hacen estallar cuando empieza una batalla. Hoy en día, la historia de Bolivia sigue haciendo estallar los exhortos a la paz social que se siguen lanzando desde el palacio.

Sin memoria no puede haber imaginación histórica; sin imaginación, la historia se convierte en un libro cerrado. Los cuentos de Víctor Montoya emergen de esta tensión. Sus hombres y mujeres —sus niños— emergen de la infinita oscuridad de los socavones y de la indescriptible luz que invade el aire desoxigenado del altiplano; desde sus fríos penetrantes y de su belleza agreste e inquietante. Algunas veces transmitidos de manera abstracta, los extremos del ambiente natural de Bolivia están presentes por doquier en estos cuentos, reflejando los extremos del mundo social de los personajes.

Literatura latinoamericana de la represión

El título de este libro es Cuentos violentos. ¿En qué se distingue de otras obras que tratan acerca de la represión en América Latina? Los lectores de habla inglesa han tenido acceso, desde hace mucho, a obras acerca de la violencia de las dictaduras latinoamericanas. En décadas recientes, muchos pudieron leer Yo, Rigoberta Menchú (1982), y seguir las controversias acerca de la veracidad de esta ganadora del premio Nobel. ¿Quién, y cómo, puede hacer el relato de la represión? La memoria es en sí misma un campo de batalla.

Argentina y Chile son la fuente de varias de las obras más conocidas. Entre ellas se encuentran El beso de la mujer araña (1976) de Manuel Puig, la historia de Jacobo Timerman en Prisionero sin nombre, celda sin número (1981) y la obra de teatro de Ariel Dorfman, La muerte y la doncella (1991). Estas tres obras fueron llevadas al cine, apareciendo como actores, respectivamente, Sonia Braga, William Hurt y Raúl Juliá; Ben Kingsley y Sigourney Weaver; Roy Schneider y Liv Ullman. Otro ejemplo es Missing (1982), estelarizada por Jack Lemmon y Sissy Spacek, basada en un libro acerca de la “desaparición” de un joven periodista norteamericano que cubría el golpe de Pinochet en Chile.

La obra de Víctor Montoya es diferente. Es diferente, en primer lugar, porque trata de Bolivia. Este país, el más pobre, el más indígena de América del Sur, es también el más turbulento, con tantos golpes militares en su haber que adquirió el sardónico apodo de Golpilandia. Bolivia tiene, además, una historia de resistencia y combatividad proletarias prácticamente sin parangón en el Hemisferio Occidental. Esto está relacionado con otra diferencia de la obra de Montoya: su perspectiva social y política.

Los lectores norteamericanos en particular, están acostumbrados a las apelaciones a la creencia liberal de que los “derechos humanos universales” son “el corazón de la democracia moderna”. En contraste, muchos de los protagonistas de los cuentos de Montoya son jóvenes revolucionarios que ven la represión, la violencia y la despiadada explotación como el corazón de un sistema social inhumano. Muchos buscan el programa (como se titula uno de los cuentos) en virtud del cual los trabajadores puedan tomar al cielo por asalto y conquistar su propia liberación.

Los mineros ya viven underground (vocablo inglés que significa “en el subsuelo” y también “en la clandestinidad”). A diferencia de los soldados, los torturadores y los policías, conocen los socavones. En ellos, la muerte los puede sorprender en cualquier momento, incluso en el más normal de los días de trabajo. Su afilado orgullo de clase les viene con el territorio. Desde el principio, todo el mundo en Bolivia lo ha sabido: los mineros son la clave del lugar que ocupa la nación en el mundo; de su identidad; de su historia.

Con todo, son la élite de los condenados. Si de alguna manera logran sobrevivir a los derrumbes en las minas y a las masacres militares, sus pulmones estarán de todos modos corroídos por el mal de mina. Se trata de la insidiosa silicosis, que hace que quienes la tienen se ahoguen en su propia sangre. Con un promedio de vida inferior a los 40 años, siempre han sido tratados como gente desechable. Ésta es una manifestación más de la opresión racial inaugurada con la conquista española.

La tortura y el Tío Sam

La represión tan descarnadamente descrita por Víctor Montoya fue organizada con la asistencia —militar, financiera, técnica y moral— del gobierno de Estados Unidos. El estaño se tornó una materia prima estratégica a principios del siglo XX, pues era esencial para proveer a los ejércitos con alimentos enlatados y munición para la artillería. Esta fue también la época en que EEUU suplantó a Inglaterra como la potencia extranjera dominante en América del Sur. En Bolivia, una élite de terratenientes y de políticos oligarcas se consolidó en torno a tres “barones del estaño” que controlaban esta industria nacional estratégica. Conocidos como la Rosca, excluyeron a la mayoría indígena del poder político, contando con un ejército pertrechado por EEUU para aplastar toda disidencia.

En la Revolución Boliviana de 1952, los obreros de las minas y de las fábricas tomaron las armas y aplastaron al viejo ejército, guardia pretoriana del ancien régime que los había convertido en parias en su propia tierra. En su lugar, se establecieron milicias obreras y campesinas. Sin embargo, los nuevos gobernantes de Bolivia, agrupados en el Movimiento Nacionalista Revolucionario (MNR), temían el poder de los mineros. Conformaron un nuevo ejército con armas, dólares y consejeros enviados por Washington. Reconstituido de esta manera, el ejército recuperó su tarea histórica de ahogar en sangre la rebelión obrera.

¿Cuál fue el origen de la dictadura cuyos torturadores ejercen su “oficio” en las páginas de estos cuentos? Nacieron de dicho ejército. En las elecciones presidenciales de 1964, el fundador del MNR, Víctor Paz Estenssoro, eligió como su compañero de fórmula al general favorito de Lyndon B. Johnson. Este oficial de carrera en la Fuerza Aérea, René Barrientos, era un personaje pintoresco. En noviembre de ese año, dirigió un golpe que inauguró un nuevo y sangriento ciclo de gobiernos militares. Barrientos recibió de la CIA más de un millón de dólares para la realización del golpe. La CIA informó que estos fondos servirían para “alentar... un gobierno estable inclinado a favor de los Estados Unidos” y para “apoyar los planes de la Junta gobernante para pacificar al país”.3

Uno de los relatos reunidos en este volumen describe la Masacre de San Juan, uno de los episodios de represión militar que calaron profundamente en la conciencia histórica de los mineros. Cuando los legendarios dirigentes mineros César Lora e Isaac Camacho organizaron “sindicatos clandestinos” para defender a los obreros en contra de la dictadura, la Junta comenzó su cacería. En junio de 1967, sus tropas abrieron fuego contra los mineros y sus familias cuando celebraban la fiesta de San Juan, que coincide con el inicio del invierno en el Hemisferio Sur.

Mientras una junta militar daba lugar a otra, los cuadros que dirigían la tortura salían de la Escuela de las Américas del ejército norteamericano. Entre los más importantes se encontraba el general Hugo Banzer, jefe del golpe de Estado de 1971. La escuela estaba tan orgullosa de este ex alumno, que hizo del general Banzer un miembro de su Hall of Fame (galería de personajes famosos), 17 años después del sangriento golpe que le hizo dictador. Fue bajo su régimen que Víctor Montoya, como muchos de los personajes de sus cuentos, cayó prisionero. En celdas y cámaras de tortura, las técnicas de tortura aprendidas eran practicadas de nuevo, refinadas, perfeccionadas. Otro graduado de la Escuela de las Américas fue el coronel Luis Arce Gómez, codirigente de la “narco-junta” que tomó el poder en 1980. Reduciendo los locales sindicales a escombros, esta junta superó a sus antecesoras en sadismo y corrupción.4

Como verán los lectores de Montoya, los torturadores bolivianos no estaban solos. Trabajaban con especialistas militares y paramilitares provenientes de Argentina y Chile, bajo la égida del Plan Cóndor. Este engendro de Augusto Pinochet, el compinche de Banzer, recibió la aprobación de Henry Kissinger, el padrino estadounidense de la “Guerra Sucia” en América del Sur. El Pinochet de Chile es mejor conocido por los lectores angloparlantes, pero no se debe subestimar el papel de Banzer. Su junta contribuyó a perfilar el “modelo Cono Sur” de los gobiernos “autoritarios” alineados con Estados Unidos tan apreciados por la asesora de Reagan en materia de política extranjera, Jeane Kirkpatrick.

El respaldo norteamericano de la represión en Bolivia continuó durante el tiempo en que el fundador del MNR, Víctor Paz Estenssoro, regresó al poder en los años 80 para lanzar un ataque a la Thatcher en contra de la clase obrera. Esta embestida “neoliberal” siguió durante los años en que sus sucesores —entre los que se cuenta el tecnócrata entrenado en EEUU, “Goni” (Gonzalo Sánchez de Losada)— organizaban nuevos ataques y nuevas masacres.

Impunidad y batallas por la memoria

Cómo “definir el significado de un trauma colectivo” es, en parte, una cuestión de poder en el presente: un historiador norteamericano ha señalado que mucho después de que el régimen de Pinochet en Chile desatara violencia masiva en contra de sus opositores, “las luchas que se libran sobre cuestiones de la memoria siguen siendo un fuerte legado, incluso cuando la persona de Pinochet retrocedía”. Además, en Chile “la historia de batallas por la memoria, por significados y verdades en torno a un violento shock colectivo, forma parte de la historia más amplia de la ‘guerra sucia’ de las dictaduras sudamericanas”.5

En Bolivia, pocos pondrían en duda que el recuerdo de la represión sigue siendo un terreno de lucha. Mucho tiempo después de que su dictadura llegara a término, Banzer siguió simbolizando la impunidad. Después de que se agotara el ciclo de juntas que inauguró, Banzer se reinventó a sí mismo como jefe partidista, socio en bloques de poder y contendiente en las elecciones nacionales. Con el “Nuevo Orden Mundial” proclamado por EEUU en pleno ascenso, logró hacerse elegir como presidente a finales de los 90. El viejo gorila cayó en 2001, pero no por sentencia de sus víctimas, sino por la edad, devastado por el cáncer.

De hecho, la norma ha sido “un clima de impunidad generalizado”, como señala Emma Bolshia Bravo en su análisis del papel de la tortura en la “Guerra del Gas” de 2003. Coordinadora del Instituto de Terapia e Investigación sobre las secuelas de la Tortura y la Violencia Estatal, ella escribe:

“A pesar de todas las convenciones que ha firmado nuestro país contra la tortura y a pesar de nuestras leyes, que castigan y condenan estas prácticas, la historia de Bolivia está plagada de masacres, torturas y otro tipo de violencia organizada desde el Estado, que ni antes ni después de los regímenes dictatoriales renunció a practicarlas”. 6

En esto, sin embargo, Bolivia se parece mucho a sus vecinos. Un historiador norteamericano ha señalado que años después del fin de los gobiernos militares, Argentina, Bolivia, Brasil, Chile, Paraguay y Uruguay siguen viviendo “bajo una sombra que proyectan los crímenes militares del pasado... la sombra de la impunidad”:

“Con pocas excepciones, los responsables de las miles y miles de ejecuciones y desapariciones, del uso sistemático de la tortura que afectó a decenas de miles más, y de los asesinatos internacionales que fueron un aspecto fundamental del sistema Cóndor, han podido evadir la justicia. Leyes de amnistía, aceptadas por gobiernos civiles entrantes como el pago por el retiro de los militares del poder, fueron usadas para impedir hasta la más elemental investigación de los crímenes”.7

En Argentina, los fantasmas de 30.000 “desaparecidos” deambulan por fábricas, universidades, sindicatos, décadas después de las leyes de “Punto Final” y “Obediencia Debida” que lubricaron la “transición democrática”. Medidas similares fueron aprobadas en Uruguay.

Muchos años después, estas leyes fueron revocadas, y en 2005 la Corte Suprema argentina las declaró inconstitucionales. Sin embargo, un año más tarde estalló un escándalo debido a que oficiales de la Armada aún espían a civiles argentinos. Esta rama de las fuerzas armadas fue tristemente célebre por el entusiasmo de sus torturadores durante la “Guerra Sucia”.

En Brasil, años después de la caída de la dictadura militar que gobernó al país desde 1964 hasta 1985, escuadrones militares demolieron un monumento a los obreros asesinados durante una huelga siderúrgica y planearon la “captura clandestina” y la “neutralización” de sindicalistas.8

En Chile, donde Pinochet seguía encabezando al ejército, la izquierda oficial quería que los ex prisioneros respetaran “la institucionalidad de las Fuerzas Armadas”. En 2003, un grupo de ex prisioneros del campo de detención de Isla Dawson escribió que “a 30 años desde el golpe militar y 13 años de gobierno democrático post dictatorial”, las “secuelas y secuencias de la represión y las violaciones a que fuimos sometidos siguen y seguirán estando presentes en nuestras vidas”, en tanto que los responsables “siguen inmunes”.9

Una exposición llamada “Los desaparecidos” está actualmente recorriendo una serie de museos en Estados Unidos. Los artistas cuya obra es mostrada intentaron capturar el significado del verbo que se volvió transitivo: desaparecer (a alguien). Una sección ensambla cientos de fotografías de jóvenes que fueron tomadas poco antes de su desaparición. Otra usa videos, fotografías y textos para evocar la memoria de los graduados en un solo colegio argentino, que fueron desaparecidos por la junta. Otra parte de la muestra presenta rostros que son continuamente redibujados, tan sólo para desvanecerse de nuevo. Un artista de Rosario ha representado a 350 de los desaparecidos en dicha ciudad argentina al pintar 350 bicicletas en paredes por toda la localidad.

Al final del libro de relatos de Víctor Montoya, nos enteramos de que su protagonista, Pedro, se ha convertido en “un desaparecido más en las mazmorras de la dictadura”.

Para Pedro y otros que compartieron sus ideales, la impunidad podrá llegar a su fin únicamente con la victoria de su causa: una revolución de obreros y campesinos, indígenas en su vasta mayoría. Esta revolución, creían, sería encabezada por aquellos que la historia había convertido en líderes de los sucesivos levantamientos de los trabajadores: los mineros. Éstos habían sido, después de todo, el corazón y el alma de la vida nacional desde la Colonia, cuando el Cerro Rico de Potosí constituía la “envidia de los reyes”.

Al comenzar un nuevo milenio, Bolivia siguió recordándonos que su pasado nunca está lejos de la superficie del presente. La memoria histórica sigue entrelazándose con la vida diaria. Pareció abrirse paso por la corteza terrestre en las “Jornadas de Octubre” de 2003, cuando obreros, jóvenes y vecinos de los barrios empobrecidos se levantaron contra el nuevo régimen represivo del Goni; y una vez más en mayo de 2005, cuando los mineros encabezaron el derribo del desventurado historiador que fungió como su sucesor. Hoy sigue reverberando, pues los conflictos por el poder, la riqueza y el dominio se rehúsan a quedarse en el pasado.

El autor y los cuentos

Víctor Montoya nació en 1958, en La Paz, y creció en el campamento minero de Siglo XX en Llallagua. Siglo XX fue un centro de radicalismo minero. Muchos de sus militantes sindicales —que en muchos casos eran militantes “trotskistas” (del Partido Obrero Revolucionario) o “estalinistas” (del Partido Comunista)— jugaron papeles centrales en el movimiento obrero boliviano. Montoya creció entre ellos.

Cuando tenía seis años, la junta de Barrientos tomó el poder, ilegalizando a los sindicatos. Cuando tenía nueve, el ejército invadió el campamento minero y perpetró la Masacre de San Juan, para castigar a los obreros por haber aprobado en su asamblea donar dos mitas (la palabra de origen inca que significa jornal) para enviar medicinas a la guerrilla de Che Guevara. Tenía trece cuando Banzer tomó el poder, y tan sólo 18 cuando fue apresado en virtud de sus actividades como dirigente estudiantil, para ser encarcelado en uno de los calabozos más tristemente célebres de Bolivia.

Liberado después de una campaña internacional, Montoya encontró asilo en Suecia. Hay mucho más que decir, por supuesto, pero basta recordar que él nos habla en sus obras. Entre éstas se cuentan varias colecciones de relatos, particularmente Cuentos de la mina (2000), Entre tumbas y pesadillas (2002) y Cuentos en el exilio (2008), así como la novela El laberinto del pecado (1993). También ha editado la Antología del cuento latinoamericano en Suecia (1995) y la antología El niño en el cuento boliviano (1999).

Sería superfluo decir al lector qué es lo que va a leer en este libro. Unos cuantos comentarios y observaciones pueden, no obstante, venir a cuento.

Estos Cuentos violentos comienzan con el encarcelamiento, tortura y ejecución de un emperador inca que marcó la Conquista española. Los conquistadores calcularon con razón que al decapitar la jerarquía del imperio inca —que de manera fortuita enfrentaba una crisis dinástica, así como tensiones étnicas y de clase— su empresa podría prosperar. Y así comenzaron los siglos de su tortuoso dominio. ¿Es pura coincidencia que Potosí, la ciudad que hicieron sinónimo de fabulosas riquezas, sea hoy un lugar de pobreza en el segundo país más pobre de América Latina?

En el segundo relato, la escuela primaria de un niño es ella misma una suerte de prisión, donde las humillaciones y el abuso físico lanzados por una maestra con una especie de tortura. El cuento nos recuerda que muchas veces, la niñez está lejos de ser “la época más feliz de la vida” proclamada por la ideología sentimental. Tampoco es la vida de los desposeídos una de inevitable solidaridad universal. “El encapuchado” refleja la amarga verdad de que los matones son frecuentemente reclutados entre las filas de los pobres y convertidos en torturadores.

Sin embargo, hay héroes que emergen de las profundidades, y Montoya no teme incluirlos en sus cuentos. En “Frente al pelotón de fusilamiento”, Pablo es uno de ellos, dedicado como varios de sus compañeros a la búsqueda de un programa revolucionario. En medio del pichjeo (el tradicional mascado de hojas de coca), “El programa” aparece de una forma surreal. No obstante, debates apasionados acerca de las ideas revolucionarias eran parte de la vida de los mineros bolivianos durante décadas. En las profundidades de los socavones, la deidad con forma de diablo conocida como El Tío permanecía como testigo silencioso mientras los mineros debatían el programa de Trotsky en el cual los autores de la “Tesis de Pulacayo”, la declaración de principios más famosa del movimiento obrero boliviano, dijeron haberse inspirado.

Estos Cuentos violentos no tratan de finales felices ni permiten un desapego irónico. Las fantasías en “Confesiones de un fugitivo” tienen que ver con el ajusticiamiento de un presidente dictatorial, e incluso cuando el sueño de una fuga se vuelve realidad, las imágenes que permanecen —como en “Me podrán matar, pero no morir”— son las de las técnicas enseñadas en la Escuela de las Américas. “Masacre minera” retrata la terrible venganza del ejército en contra de los trabajadores de Siglo XX y sus familias por haberse atrevido a desafiar a la dictadura.

En la última historia, que es también la más larga, los mineros son una vez más los héroes. Los mineros que están acostumbrados a enfrentar muerte por silicosis, derrumbes o explosiones dentro de las minas, deben ahora encontrar su camino en el subterráneo que constituye la resistencia clandestina. Para ellos, la lealtad a los compañeros —simultáneamente acompañantes y camaradas— es un ideal por el que vale la pena morir. Al ser capturados, son “trabajados” por los torturadores, algunos de los cuales utilizan un argot argentino en referencia a las estrechas relaciones laborales entre las policías secretas boliviana y argentina bajo los auspicios del Plan Cóndor.

Pocos lectores habrán experimentado las torturas descritas en el libro. Sin embargo, éstas acechan la memoria de decenas, quizás cientos de miles de obreros, estudiantes y activistas en América Latina. Los cuentos de Víctor Montoya nos hacen vivir el valor, los miedos, la desesperanza y la imbatible humanidad de hombres y mujeres de carne y hueso que lucharon por un mundo en el que los mineros no tengan que escupir sus pulmones y en el que los jóvenes no sean torturados por buscar la verdad.

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ustedes se la pasan haciendo piquitos

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