sábado, 2 de mayo de 2009

Bolaño y la falsa seriedad de un oficio de canallas

Edgar Borges

El escritor chileno (y del mundo) Roberto Bolaño dijo que «la escritura es un oficio poblado de canallas y de tontos, que no se dan cuenta de lo efímero que es». Y, con esta afirmación, el autor (que anda de moda más allá de la vida) desnudó los prejuicios que enlodan el medio literario a escala internacional. Son varios los escritores que han opinado sobre el canibalismo que impera en los círculos literarios. Por estos días, cuando recibió el premio de la Crítica por su novela 'Saber perder', el escritor y cineasta español David Trueba afirmó que «espera que el premio sirva para desterrar los prejuicios del mundo de la literatura respecto a alguien que siempre ha tenido un pie en el cine. Los escritores miran por encima del hombro a la gente del cine». Una nueva piedra (la de Trueba) contra el cristal de esa milenaria torre celestial donde algunos pretenden permanecer de espaldas al mundo.

El ambiente literario opera bajo el formato del clan. Cada vez que un escritor, como Rushdie o Saviano, recibe amenazas de muerte, se habla de los peligros que corre la libertad de expresión. Lo que no se dice es que existen mecanismos silenciosos de condicionamiento y exclusión. No todos los criminales usan balas para asesinar las ideas. El mundillo literario funciona de acuerdo a las direcciones (totalitarias) de grupos integrados por escritores deseosos de reconocimiento y poder. Y desde la cúpula de la torre se diseña la lista de los elegidos: «Los escritores más grandes son mi amigo y su primo. Después de nosotros, el abismo». Y no me refiero a listas de influencias (elaboración muy lógica si de emitir valoraciones creativas y estéticas se tratara), sino a las listillas caprichosas estructuradas (con mano de seda) para pretender dirigir el gusto del lector. A este clan pertenece buena parte de la poca crítica que tiene espacio público. Y a puerta cerrada se decreta el Olimpo literario. Se trata de una práctica muy antigua. El escritor (sin generalizar, pues, hay quienes rechazan este carnaval de autogenialidades) cita en público sólo a sus amigos (y a los primos); difícil es que un escritor se levante de su sofá para buscar el libro de un autor desconocido. Cierto es que el virus del amiguismo es una costumbre generalizada en todas las áreas humanas; no obstante, en la literatura adquiere características de secta. Me atrevería a decir que algunos círculos literarios (en pleno siglo XXI) actúan con el fanatismo (y la cerrazón mental) de las religiones más ortodoxas. En otros oficios artísticos, como el cine o la música, existen vías de comunicación más directas entre los creadores y el público.

Las listas siempre son excluyentes; sin embargo, más lo son cuando se repiten por previo acuerdo entre factores interesados. Y con la lista en mano se coordinan eventos, lecturas, premios y demás componentes consagratorios. Y, como si la obra no fuese el motor del asunto, se aplastan propuestas (en el espacio público) de cientos de creadores.

Hace poco me llegó el primer libro de la escritora uruguaya Raquel de León; su título, 'Unicornios de cristal', me invita a celebrar (desde la acera del canallismo reivindicativo) la larga lista de los creadores del mundo no establecido. Pienso en las novelas poderosas de Pedro Antonio Curto (Asturias); los cuentos periodísticos de Chara Lattuf (Caracas); los relatos políticos de Marcelo Colussi (Buenos Aires); las historias meticulosas de la pareja de Andrea Álvarez (Venezuela) y Ricardo Benítez (Argentina); las opiniones siempre rebeldes de José Saramago (consecuente transeúnte de la acera de enfrente), y en los inmejorables relatos que me contó un individuo anónimo, que una vez encontré paseando por el Muro de San Lorenzo; otro día en la Esquina Caliente (Caracas), y otras tantas en un mercado de La Paz o de Bogotá.

Esa lista es universal y diversa. Sus integrantes (como unicornios imbatibles) andan surcando clasificaciones y torres de cristal. Ellos, con su obra en mano, sólo piensan en llevar su escritura hasta ese lector irreverente que, por convicción, ha renunciado a las leyes de los clanes. Tanto en la calle como en internet: hay que revolucionar las vías de comunicación entre creadores y pueblo.

Me gusta imaginar que, en los bordes de la listilla de algún clan, Roberto Bolaño escribe un decálogo burlesco sobre la falsa seriedad de un oficio de canallas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

flamencos

flamencos
ustedes se la pasan haciendo piquitos

Etiquetas