viernes, 2 de enero de 2009

Saucedo, cuento de Enrique Amorim

Hasta mediados de la década de 1950, las mangas de langosta fueron una terrible realidad en todo el país. Uno de los máximos narradores uruguayos, el salteño Enrique Amorim (1900-1960) la recogió en Saucedo, uno de sus más famosos cuentos, relativo a la vida en un rancherío, que abre la colección del libro Horizontes y bocacalles. La obra se publicó por primera vez en 1926, en Buenos Aires, y fue reeditada en Montevideo por Arca, en 1968. A continuación se reproduce un significativo fragmento de ese relato. A quienes hace ya tiempo que peinan canas, esta historia los retornará a la juventud.

Ahora Saucedo está cubierto de langostas. Los postes del alambrado, sus hilos, los ranchos, los diez árboles, el maizal, el arado, las enramadas todo parece hervir o temblar bajo una capa parduzca.

Hay en el ambiente del rancherío un áspero olor penetrante. La capa parduzca hace pensar en un sudario negro, envolviendo el poblado. De trecho en trecho, al paso de un hombre o a la proximidad de un pájaro, las langostas se separan de los postes, haciendo un ruido de hojas secas arrastradas por una ráfaga de viento. Salpican, vuelan un instante agitadas y se vuelven a pegar a los alambres, engrasándolos hasta el punto de parecer transformados en amarras o piolas gruesísimas. La fisonomía del pueblo tomó, de la noche a la mañana, un aspecto sorprendente. Crecieron las cosas ennegreciéronse las plantas, el camino se tornó movible, temblorosa la rigidez de los postes del alambrado...

Primero fue una nube que oscureció el sol como un velo transparente, corrido a gran altura. Marchaba de norte a sur a gran velocidad, arrastrada por el viento. La manga pasaba sobre Saucedo, indiferente, despreciando la precaria plantación de maíz. Pero de pronto el viento de las alturas dejó de soplar. Eran las doce del día. Desfallecientes, derrotadas, las langostas comenzaron a caer como gotas de lluvia; primero una, luego dos, después tres, cuatro, multiplicándose al instante hasta semejar un negro granizo... Caían con gran lentitud, aleteando, en un visible esfuerzo por restablecer el vuelo. Arriba la manga seguía pasando más lentamente y cada vez menos densa. Negros cuervos, en lo alto, manchaban la nube. En giros vertiginosos y ágiles zigzag, hacían sus festines de langostas en las alturas. Cruzábanse unos con otros devorándolas y haciendo cada vez más bajos y lentos sus vuelos. A medida que sus buches se iban llenando, los cuervos emprendían un descenso forzado. Gordos, pesados, con las alas tiesas, fueron descendiendo poco a poco, pero siempre devorando. Bajaron al arroyo, al borde del cual, pesadamente, aleteaban su apetito insatisfecho. Alivianados algunos, emprendían un nuevo vuelo hacia la nube, un viaje.

Entre aquélla y la tierra, en sentido contrario, otra nube menos densa se fue formando ante los trágicos ojos del chacarero y las miradas indiferentes del hombre del boliche.

Los insectos se iban multiplicando. Las gallinas disputábanse las langostas embuchándolas. Aleteaban dando saltitos a fin de atraparlas, antes de que tocasen el suelo. Luego daban con sus picos en tierra para deshacerlas y separarles las alas. Mareadas por el vértigo del vuelo, las langostas caían chocando en los techos de los ranchos, llevándose por delante los hilos del alambrado y adornando el camino con el brillo de sus alitas.

La nube mayor, con grandes claros seguía su curso por el cielo...

Del rancho del chacarero partió un ruido de latas y vióse por los aires un par de banderas de color.

Mientras la criadora de gallinas calculaba la cantidad de maíz que se ahorraría, el chacarero recorría con ojos trágicos el sembrado.

Decía la vieja criadora a su compañero:

-¡Mirá cómo comen, van a engordar en cuatro días ...

-¡Les gusta, les gusta! —respondía el viejo—. Van a dar güevos con yemas coloraditas...

El chacarero había preparado su defensa. En baldes de querosén encerró pedregullo y, luego de preparados, puso en manos de los pequeños los instrumentos de ruido. Uno tras otro, los tres hijos salieron sacudiendo las latas en dirección a la chacra. La mujer del chacarero y su hermana portaban banderas hechas con manteles y polleras enastadas en palos ásperos y torcidos.

La comparsa llenaba la tarde de ruidos infernales para espantar las langostas. Recorrían los caminos del maizal, haciendo volar las salteadoras que partían de su sitio para posarse en otro, chocando en la cara y el cuerpo de los labradores. En el aire, los pájaros atrapaban langostas con sus picos e iban a posarse en la punta de los postes del alambrado, donde terminaban por despedazarlas. El ruido siguió llenando la tarde. La mujer del chacarero lagrimeaba —presa de extraña congoja y fatiga—, cubierta su cabeza por un pañuelo rojo. Los brazos desfallecientes sostenían en alto la bandera, dejándola caer suavemente sobre el sembrado, muda, desencajado el rostro, las alpargatas cubiertas de tierra. El ruido de las latas traspasaba sus oídos.

Comedidos vecinos acudieron a prestar ayuda. Con amplias banderas recorrieron los estrechos caminos de la pequeña chacra hasta el anochecer.

Aquel día el sol se fue envuelto en una nube de langostas.

En la noche, sólo se escuchaba en el rancho del chacarero, el ruidito menudo y terrible de las langostas devorando el maizal...

Ahora Saucedo está cubierto de una capa pardusca.

Los hombres andan entre un vuelo violento de langostas, agitando los brazos. El maizal no tiene hojas, es una sucesión de esqueletos verdosos. Tres banderas flamean en la chacra todavía. Los naranjos y paraísos, sin hojas; doblados el ombú, la higuera y el algarrobo...

Cruza el sulky con su caballo barroso entre una nube de langostas. Las puertas del boliche están ribeteadas de insectos. Arriba, las nubes; abajo, las langostas, el polvo… Saucedo solitario, miserable, yermo...

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ustedes se la pasan haciendo piquitos

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