viernes, 16 de noviembre de 2007

Como las aguas del Mar Rojo





Finalmente las balas entraron en el tambor del viejo revolver. Fueron un par de minutos en la tarea, pero a la mujer le resultaron una eternidad. Seguro que de existir un espectador en el lóbrego cuarto, se hubiera burlado despiadadamente de su torpeza. Aquellas manos nerviosas, desacostumbradas a movimientos de esa naturaleza, estaban húmedas de un extraño sudor.

Se miró en el espejo por última vez antes de salir a la calle, quizás para darse ánimo, quizás para encontrar respuestas a la situación que estaba viviendo. Fue en realidad un rito sin sentido, porque en el cristal se reflejó una sombra difusa, fugaz. Mejor así, de verse realmente hubiera llorado...

Era un atardecer como tantos, frente al amplio ventanal que daba a la calle se recortaban presurosas siluetas humanas, y autos de rato en rato. La voz de Alfredo Zitarrosa inundaba el cuarto dando vida a "Poeta al sur". Confieso que escuchar al maestro sigue siendo un placer, mas aún en los atardeceres, no sé porqué. De pronto una extraña sensación se apoderó de mi. Tuve un presentimiento que traté de desviar haciendo dúo con la voz del tocadisco...

- las cábalas no sirven muchacho, en la quiniela o en la lotería es a suerte y verdad. Son juegos de azar y para la timba hay que tener tarro y nada mas.

- Ya lo sé Don Germán, ya lo sé, pero esos números eran una fija para hoy. Tenía un pálpito que sacaba que ni le cuento. Aparte una desesperación por plata que bueno-bueno. Tengo varias cuentas que pagar y lo único que podía salvarme hoy era la timba, pero...

el viejo quinielero me miró largamente . para soltar luego su particular filosofía en un marcado tono paternalista. "Muchacho, muchacho, el pobre se salva solo con su trabajo, la timba te quita mas de lo que te da, siempre, siempre. ¿Usted necesitaba dinero?, nunca se olvide compañero de aquello tan viejo, que dice que quien juega por necesidad, pierde por obligación, en la timba es así, no hay vuelta.

Nos despedimos y comencé a caminar calle arriba.

Tuve que mirar dos veces para cerciorarme, pero era ella no cabían dudas. Diez años después, mas ajada, mas flaca, con esa mirada huidiza de siempre, andar nervioso y palabras apresuradas. Quedamos frente a frente, en silencio, ella hizo una mueca, demasiado forzada para ser una sonrisa. Un saludo intrascendente y un pedido de vernos en el bar de la calle de los laureles, aquel de nuestros encuentros. Fue todo lo que dijo y se marchó...

La mujer abrió la cartera antes de subir a la moto, el viejo revolver estaba allí, inocente, como dormido. Tuvo que pegar varios pedalazos para hacer arrancar su ciclomotor y eso la contrarió aún mas , no sabía porqué pero nada le salía bien en ese día, nada.

No pude terminar la milanesa, me bebí de golpe el vaso de vino, encendí un cigarrillo y salí a la calle. Sin saber como, me vi caminando por la rambla, mirando el mar.

- Te juro que tuve miedo de prestarme a ese encuentro. En el camino vine pensando que era algo absurdo pero... todo ha sido absurdo entre nosotros que la curiosidad pudo mas. ¿Qué sucede?.

Ella no me miró cuando me respondió: "quería hablar con vos, nada mas..." Confieso que no reconocí en ese cuerpo a la mujer que fue, a la piel que tuve, a las horas que significaron algo en mi vida.

- ¿Hablar?, ¿vale la pena hablar diez años después?, ¿que se puede hablar con una desconocida?, perdóname si te ofendo, pero, realmente eres una desconocida para mi

- ¿Ninguna pregunta?.

- Ninguna.

- Antes estabas lleno de preguntas...

- Antes era distinto...

la moto se detuvo secamente, el motor fallaba como de costumbre. La mujer se bajó, movió una palanca pequeña y con ella a su costado caminó cuadras y cuadras. Sintió alivio al detenerse, miró el número en la puerta, dejó la moto posada sobre su ancla y avanzó decidida.

- Ya no queda odio en mi, ¿y en ti?.

- Nunca lo tuve. Ese es el mal pensamiento que te acompañó siempre, quizás por tu incapacidad de amar presumía esas cosas. Nunca te odié, como tampoco nunca te entendí.

-¿Amarme?

- Amarte si, te he amado...

el disco de Alfredo llegó a su fin. Me aleje del ventanal, fui hasta el aparato, di vuelta la placa y la música brotó de nuevo. Me sentía como extraño, como desencajado de este cuarto, de este refugio. El timbre me sobresaltó.

- Tengo que hablar con alguien. Tengo que contar lo que me pasa. Por eso te cité.

- supongo que no era el primero de la lista.

. ¿Qué lista?.

-De amantes.

Su semblante cambió bruscamente y furiosa, casi en un grito me dijo.

- Siempre lo arruinaste todo con tus estupideces. Eres cruel, eres basura, tu y tu maldita forma de ser que tanto me han irritado. Te odio.

- Acaba de decirme lo contrario, señora.

- Pensé que podríamos hablar.

- Mal pensamiento, no hay ningún tema que nos una, ¿aún no te convenciste?.

- Si hay uno... uno que te puede hacer feliz, estoy segura que será un goce sin par. No te equivocaste en cuanto a mi vida. Tus pronósticos no fallaron. Adivinaste mi futuro, ¿contento?.

- Aquel futuro, es este presente... los dos nos equivocamos. El mundo se debió partir a la mitad y nosotros nunca jamás volver a vernos. No estoy contento por lo que te ha sucedido.

- Pero aún falta una cosa. Mucho dependía de esta conversación.

- Adelante entonces.

- Si, veo que no hay remedio...

Dudé en abrir, el timbre volvió a sonar, respiré hondo, apagué el tocadisco y fui hacia la puerta.

Las detonaciones quebraron el silencio del lugar, y las carnes se abrieron como las aguas del Mar Rojo

flamencos

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ustedes se la pasan haciendo piquitos

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