jueves, 26 de mayo de 2011

Mazía, Ana Silvia Hacer el amor



Ella y él.

Ella: joven, sensual. Ardiente. Ojos oscuros, cabello caoba brillante, ondulado. Cuerpo cimbreante, joven.

Él: joven, viril, apasionado. Ojos pardos, rasgos angulosos, masculinos. Cuerpo trabajado. Trabajado, sí... ¿por qué?

Se miran de una vereda a otra de la ancha avenida. Cada uno piensa:

"Ese es para mí."

"Esa es para mí."

O sea, se desean, o sea.

Y nada de complicaciones. Sin dejar de mirarse, pero sin cruzar la avenida, se comunican por celular... Ah, me olvidaba: ella había dejado caer, como al descuido, una tarjeta con el número de su teléfono celular. O se lo dio a una vecina al alcance del oído de él. La cosa es que él conoce su número. Lo marca, mientras piensa:

"¡Cómo le queda esa micromini verde!

Y se da cuenta de que algo levanta un poco sus pantalones, por delante.

–Msé –responde ella sin prisa, y cuidando de no mirarlo, para enardecerlo más.

–Qué bien te queda el verrrde –dice él, ronco.

Para abreviar: quedan en encontrarse en el de Belgrano, sin más vueltas. Saben lo que quieren y saben que lo quieren ya, sin vueltas.

Cuando, al fin, están solos en la habitación, él ataca sin vacilaciones. Ella ríe, satisfechas sus expectativas.

Sin dejar nada librado al azar, uno le saca una prenda al otro, mientras bocas, lenguas, manos hacen su minucioso trabajo. Estremecimientos, fluidos varios, temperatura que baja y sube. El pantalón de él ya no abulta... porque está tirado por ahí. El agente abultador ya está buscando nuevos rumbos... en el lugar que dejó libre la mini verde. Hay, todavía, accesorios: aros en labios, mejillas y cejas, vincha con flores ella, muñequera él. Y ese adminículo que se integra al cuerpo de cada uno.

Así es como se penetran, se muerden, se lamen, se acarician con muy, muy breves interrupciones, nunca simultáneas. Ella, por ejemplo, que ya tuvo la delicadeza de escupir su chicle, tiene que responder a su compañera de estudios. Es imposible que deje de hacerlo. Y él: ¿cómo no va a decirle "sí, boludo", al amigo que está arreglando el partido del sábado a la tarde? Y se reencuentran y siguen con los gemidos, los roces, los pellizcos. El ritmo no decae. Ella le confirma a su peluquero: "Sí, sí, Roger –ah... aaaahhh... ahhh...- no, nada, que sí, que mañana aahhh... a las cincoooohhh". El: "No, Delia, no se lo... ahhhhh... entregue –nada, nada, todo bien-. Yo ahhhh... despuéeees le explicoooo...".

Lamento tener que consignar que uno de los dos, no sabemos quién, olvidó apagar su celular después de la última comunicación imprescindible.

¡Menos mal que ninguno de los dos tiene un compromiso amoroso que le importe mucho! Porque sus particulares e irrepetibles gemidos, gritos, estertores se oyeron por toda la red de MP4.

Bah, qué importa, ¿no?

Santillán, Julio Mito urbano



Mandó un mensaje de texto y le dijo: “Voy a ser madre… (Pero antes de despedirnos quisiera hacerte el amor)”. Inventaron respectivas excusas a sus parejas y dibujaron la incipiente noche respondiendo a sus naturalezas. A las semanas, Casandra le mandó otro mensaje: “Y tú serás el padre”.

Con apoyo de la Intendencia, barrio Calafí tiene su salón multiuso



En una jornada de fiesta los vecinos de barrio Calafí inauguraron el salón multiuso que se construyó en la sede la Asociación Civil con el apoyo del Banco de Iniciativa Locales (BIL) del proyecto “Un Salto para todos” y el Programa “Uruguay Integra” de la Oficina de Planeamiento y Presupuesto (OPP) y la Unión Europea. La actividad, que se concretó el sábado 21 de mayo a la tarde en el espacio de la organización sito en Wimpy 1256, contó con la participación del director de Comisiones Vecinales de la Intendencia Joni Santana, el Coordinador de “Un Salto para todos” Alejandro Secco y una importante cantidad de vecinos del barrio convocante y de comunidades vecinas.

Una obra “muy importante” para la zona

En oportunidad de la ceremonia protocolar de inauguración el presidente de la comisión vecinal de Calafí Eugenio Moreira destacó que la obra es resultado del trabajo conjunto con los barrios vecinos de Gautrón, Talleres Norte y COSVAM. A partir de la necesidad de espacios para actividades de recreación que comparten los habitantes de esos barrios de la zona noreste de la ciudad, se elaboró en forma común un proyecto al que denominaron “Parquización y recuperación de espacios verdes“, que estableció la concreción de obras en cada uno de los barrios con un fondo de unos 270 mil pesos. A Calafí correspondieron unos 65 mil pesos que se destinaron a la compra de materiales varios para la edificación y a solventar la mano de obra para erigirla. Moreira hizo notar que la organización recibió otros importantes apoyos provenientes de empresas de la zona y de los propios vecinos y que la conjunción de esos esfuerzos viabilizó el trabajo. El referente barrial tuvo palabras de destaque para los habitantes del barrio que colaboraron con mano de obra, lo que aparecía “como lo más difícil, lo más caro”. Quienes desarrollaron las tareas de albañilería y metalúrgica “presentaron presupuestos accesibles, al alcance de la comisión”. La obra, “que será muy útil no sólo para el barrio sino para la zona”, consiste en un salón de dimensiones importantes que ha sido cercado, techado y cuenta con parrillero y está ubicado en la parte posterior de la sede la comisión vecinal. El espacio que resulta motivo de “orgullo para todos” está disponible para albergar actividades de interés común, como ejemplo “talleres de danzas, educación física, de juegos y aprendizaje sobre diversas áreas”

“El Salto vivo de los barrios”

El Coordinador de “Un Salto para todos” Alejandro Secco, en nombre del equipo de trabajo al que representa, felicitó a los vecinos por el logro alcanzado, resultado del trabajo compartido. Dijo que en la coordinación del proyecto de la Intendencia y el Programa “Uruguay Integra” existe plena “identificación con el trabajo que realizan estas cuatro comisiones vecinales”. Agregó que el permanente contacto con los vecinos organizados permite que “quienes tenemos la responsabilidad de ocupar cargos de ejecución de política pública podamos aprender permanentemente de cómo se hacen las cosas en el Salto vivo de los barrios”. Secco destacó el trabajo incansable de varios referentes de los barrios participantes y de las personas que aportaron generosamente su trabajo para “hacer realidad estas obras de profundo contenido social”. Si bien reconoció que con la inauguración de la obra “termina una etapa”, opinó que “el trabajo pos de la comunidad” no debe detenerse. Enfatizó que desde la Intendencia se continuarán respaldando todas las iniciativas “que sean en beneficio de la comunidad, de Salto, sin importar de que barrio vengan”.

Hacia “un Salto mejor”

El director del área de comisiones barriales de la Intendencia Joni Santana felicitó a los vecinos por el logro alcanzado referenciando la tarea desarrollada en la figura de Eugenio Moreira a quien definió como “un gran trabajador social”. El jerarca hizo notar la presencia y la labor de muchos referentes barriales a quienes reconoció “mucho mérito”. Explicó que en la gestión que comienza a desarrollar resultará de fundamental importancia el trabajo “codo a codo” con todos los salteños. Dijo sentir confianza y asumir con optimismo la tarea de “interlocutor entre las organizaciones sociales y el Ejecutivo Departamental”. Finalmente Santana destacó su convicción de que el vínculo estrecho y permanente con las comisiones permitirá avanzar en la construcción de “un Salto mejor”.

Antel y la Fundación Mario Benedetti lanzan la Guía Benedetti de Montevideo



En oportunidad de la celebración del Día del Libro, Antel y la Fundación Mario Benedetti realizarán una conferencia de prensa con motivo del lanzamiento de la Guía Benedetti, el próximo jueves en el Ministerio de Turismo y Deporte. La guía incluye datos biográficos, mapas, fotos y textos del autor de La Tregua, posibilitando que por primera vez, Montevideo posea un itinerario turístico y cultural pensado en la vida y obra del escritor. Invitamos a vuestro medio de comunicación a realizar la cobertura periodística.

Día: Jueves 26 de mayo

Hora: 12:30 horas

Lugar: Ministerio de Turismo y Deporte, Salón Horacio Arredondo, Rbla. 25 de Agosto 1825 esq. Yacaré S/N

Intendencia remitió a la Junta proyecto para estacionamiento tarifado en el centro durante 6 horas en días hábiles


El intendente de Salto, Germán Coutinho remitió a la Junta Departamental un proyecto de Decreto para instrumentar un sistema de estacionamiento tarifado de automotores durante 6 horas diarias a excepción de los domingos y días feriados en la zona céntrica, que se denominará “Zona Azul”.

La medida comprenderá la franja 9.00 a 11.00 horas y de 14.00 a 18.00 horas entre lunes y sábados, con un costo de $ 50 por un lapso de una hora y de $ 30 para la media hora. El monto líquido de la recaudación se destinará a una institución de beneficencia.

Las tarjetas que habilitan el estacionamiento serán suministradas por la Intendencia a los comercios interesados en su venta y a los “cuidacoches” autorizados y registrados en el Departamento de Tránsito de la comuna.

El área se denominará Zona Azul y estará delimitada al Norte por calle Brasil; al Este por calle Antonio Invernizzi y su con continuación por 25 de Agosto; al Sur por calle José G. Artigas y al Oeste por calle Colón y su continuación por calle República Argentina.

También están comprendidas en esta área de estacionamiento tarifado, las calles transversales que van desde Antonio Invernizzi y 25 de Agosto hasta Colón y República Argentina.

La iniciativa apunta a atender el permanente crecimiento del número de automotores en Salto, el notorio incremento en la zona céntrica del tránsito vehicular y la falta de fluidez en el mismo, amén de la demanda de espacios de estacionamiento.

Se pretende también dar preferencia a quienes concurren al microcentro en vehículo con tiempo acotado que demandan agilidad para realizar operaciones y actividades en oficinas públicas y privadas, bancos y comercios en general, en el horario en que estos desarrollan su atención a usuarios.

La fiscalización de las normas que se establecen para el funcionamiento en la Zona Azul estarán exclusivamente a cargo del Departamento de Tránsito y ante su incumplimiento el infractor será pasible de una multa por valor de 2 UR (Unidades Reajustables).

Los vehículos pertenecientes a personas lisiadas están autorizados a estacionar en la Zona Azul sin tarjeta, así como los que tengan chapa oficial de organismos del Estado y ediles de la Junta Departamental; ambulancias de instituciones de Salud pública y privada y vehículos de médicos en atención de urgencia.

También se podrá estacionar vehículos al solo efecto del ascenso o descenso de pasajeros y los que se aparcan frente a garajes cuando la matrícula coincida con la que se indica en la puerta del mismo.

En la zona de estacionamiento tarifado solo se otorgarán espacios reservados a sanatorios y hoteles, pero finalizada su vigencia no podrán ser renovados.

miércoles, 25 de mayo de 2011

Caula 4

«El abrazo del Monzón»

Iniciándose el histórico año de 1825, cercano al mes de abril y al cruce, río de los pájaros mediante, al punto de la «graseada», tiene lugar uno de los últimos intentos de tentar a Rivera para incorporarlo a la rebelión que hiciera que este pedacito de territorio dejara de ser brasileño y pasara a ser... independientemente argentino. Es Gregorio Lecocq el que lo apura: «...No pierda V. tiempo, el momento mismo del recibo de ésta es el más á propósito. Sorprenda V. una noche á los portugueses, enarbole V. el pabellón de la patria y mande V. en el mismo instante á todos los puntos y pueblos de la campaña comisiones que insurreccionen el país. Dirijase después al Uruguay y encontrará cuantos auxilios necesite, pues hace tiempo que está todo listo...». Para ello hacía ya bastante tiempo que venían conspirando masones agrupados en la «Sociedad de los Caballeros Orientales». Rivera, que no había demostrado disconformidad alguna con el estado cisplatino, no tenía porqué profesar simpatía por los nuevos vientos liberadores por más que empezaran a soplar con cierta importancia. Estaba en su derecho, pero llama la atención la falta de discreción: «El caudillo ladino que es Rivera, desatiende la ocasión. Se impone del llamado y, sin pestañar, lo divulga» (Salterain y Herrera, ya citado).

Ya en marcha -sin embargo- la movida de los Treinta y Tres Orientales, los dos «compadres» Lavalleja y Rivera se rencuentran de pura casualidad y se pegan el tal abrazo en el Monzón, ungidos de un espíritu hondamente artiguista, sin la presencia de Don José Gervasio que al parecer estaba tramitando la jubilación desde Paraguay. En menos de cuatro meses, un 25 de agosto, triunfa la causa patriótica y la Independencia a la vez. De ahí en más los antiguos Francis Fukuyamas impusieron el «fin de la historia»... Oficial.

Juan Antonio Lavalleja le manda una misiva al General Carlos M. Alvear el 18 de junio de 1826 -que suele ignorar esa clase de historia- a los efectos de tranquilizarlo con respecto a sus verdaderas intenciones: las fuerzas orientales «no serán destinadas a renovar la funesta época del Caudillo Artigas. (...) El que suscribe no puede menos que tomar en agravio personal un parangón (con Artigas) que le degrada...». Y pensar que, Don José Gervasio Artigas juntó hasta el último patacón, que el chasque Francisco de los Santos quemando miles de peligrosos kilómetros en hazaña sin igual, le llevara entre otros, al propio Juan Antonio Lavalleja para hacerle más leve la prisión en «el Janeiro».

Perfectamente a tono con el tipo de historia oficial aludida, don Frutos mencionaría todavía, el «día que nos dimos la mano en la barra del Monzón...», con Lavalleja, pasado un año de registrado el episodio en carta que despachó a Gregorio Espinosa en setiembre de 1826.

Muchos fueron los testigos «oculares» de lo que sucedió en realidad. En su diario, el ayudante José Brito del Pino -que no sólo servía a las órdenes de Rivera, sino que además no podía esconderle su simpatía: «...mi querido Gral. Rivera...»; demostrando lo contrario con respecto a Lavalleja- testimonió: «...tomado prisionero (Rivera) por el General Lavalleja en Abril de 1825, se resistió a tomar parte en la guerra que se empezaba contra las fuerzas imperiales y sólo en la alternativa que se le puso de servir ó morir, se prestó á lo primero». Lucas Moreno agrega en sus Memorias que Rivera «siguió hasta encontrar la cabeza de la columna de Lavalleja, donde fue preso y desarmado, costándole esfuerzos al mismo Lavalleja el contener a sus compañeros que pretendían matarlo. (...) Rivera, prisionero e incomunicado, era destinado a ser fusilado...». Otro actor de «la cruzada», Carlos Anaya, asienta que Rivera «Rodeado por ellos fue hecho prisionero, pero protestando (gritando) que era un verdadero patriota y que aceptaba de buena fe la causa de los libres».

Francisco A. Berra -un historiador avezado, lamentablemente cultor de la leyenda negra de Artigas- dice que Rivera se encontró cercado por «verdaderos enemigos» y que no le preocupaba tanto Lavalleja «cuya clemencia le parecía fácil alcanzar, sino Oribe, que ya se había hecho conocer por la severidad de sus resoluciones y por su voluntad indomable...».

Bastaba, y así seguiría la cosa durante interminables años por venir, que Oribe tomara una posición, para que Rivera se ubicara en la contraria. Aquellos lodos -la oficialidad que le quitó el mando a Rivera en el 17, asimismo que éste bajo las órdenes de los brasileros perdiera su primer batalla contra Oribe, bajo el ala de los portugueses, en el arroyo Casavalle en el año 23- trajeron estas tempestades.

Superado el escozor que le produjo la captura y tras esta tranquilidad otorgada por Lavalleja -según el testimonio del coronel Leonardo Olivera, Ayudante de Campo de Rivera, recogido por Brito del Pino-, el apresado estaba dispuesto a colaborar, pero no en un cien por ciento. «Pues bien, compadre -le dijo entonces Lavalleja-, piénselo bien hasta la madrugada; si entonces no se ha decidido a volver al camino del honor, será fusilado y la patria vengada». Trasladado a una tienda de campaña y custodiado personalmente por el propio Lavalleja y Oribe, en guardias que se turnaban, casi cuatro horas antes del amanecer, Rivera llamando a Lavalleja, le respondió: «Compadre, estoy decidido, vamos a salvar la patria y cuente Ud. para todo conmigo».

Nelson Caula 3

Si lo dice Tomás García de Zúñiga

Volvemos a los tiempos en que Rivera era subordinado de Artigas, un par de años después de Guayabos y uno más tarde del «cepillazo ortográfico». El 23 de mayo de 1817 en «Campo Volante en la Calera, costa de Santa Lucía Grande», treinta y seis comandantes y jefes de Artigas, entre los que se encontraban Rufino Bauzá, Manuel Oribe y García de Zúñiga, elevando todo el poder a las bases... acuerdan «unánimemente que, en atención a no existir la debida reciprocidad y confianza entre el actual comandante general, don Fructuoso Rivera, y el cuerpo de oficiales subscribientes para continuar la defensa de la patria bajo sus órdenes, elegíamos para jefe interino del ejército al coronel ciudadano Tomás García...» Le dan garantías al «Jefe de los Orientales» y le solicitan que «verifique» la decisión (de sustituir a Rivera) para que «los comandantes y oficiales de la vanguardia» puedan «prestar sus votos en quién los merezca para desempeñar aquel cargo...».

Cuatro días después, Tomás García de Zúñiga le escribe a Otorgués, que no le quedó otro camino que aceptar el mando porque «todas las órdenes de D. Fructuoso no sólo eran desobedecidas, sino altamente despreciadas, gritando hasta los soldados que no lo querían para que los mandase (...) blasfemando contra Rivera, me protestaron que, si no los mandaba, pondrían en ejecución su (...) designio de marchar a la Colonia». La misma carta explica luego que «se presentó don Fructuoso con toda la tropa de la vanguardia, amenazando atacarlos» y los oficiales desconformes «se prepararon para resistirlo con más ansia que si fuesen portugueses». La mediación de Barreiro y la disuasión de Lavalleja apaciguaron las aguas. Pidiéndole a Otorgués que interceda ante su primo Artigas para que no se le mantenga en un cargo que, dado como lo obtuvo, le resulta «insoportable»; García de Zúñiga le deja de paso su opinión muy personal sobre Rivera: «Desengañémonos, el hombre es sumamente odiado. Le falta política y modo para gobernarse, y le sobra mucha altanería y orgullo. Yo mismo, que iba revestido de toda moderación, como un mediador, interesadísimo en evitar toda efusión de sangre, fui insultado por él, y mucho más el oficial que me acompañaba. Si nuestro general se empeña en sostener a un hombre aborrecido con tanta generalidad, sin escuchar el clamor de tantos, ya podemos hacer los funerales a nuestra patria; yo preveo esta fatal desgracia, y al fin todo se habrá perdido por un solo individuo».

Y si bien este «solo individuo» al que se refiere el autor de esta misiva, pudo hacerle «los funerales» a «la patria», tamaña muerte no podría ser la obra solitaria de alguien. El propio Tomás García de Zúñiga no le iría demasiado en zaga a Rivera. Ambos fueron más realistas que el rey, cuando adhirieron a la causa portugo-brasilera.

Es en este mismo 1817 que «Artigas llegó a enterarse y a interrumpir los auxilios que, sin anuencia, le enviaban desde Buenos Aires a Rivera, e hizo regresar a Buenos Aires al oriental Adriano Mendoza, mensajero de Pueyrredón, amenazándolo con fusilarlo. (...) El 25 de febrero del 17, Pueyrredón le escribía a San Martín, diciéndole: "Me estoy entendiendo con Rivera"»(Lockhart, ya citado).

Nos reubicamos nuevamente, en el entorno de «la paliza» (la verdad es siempre la verdad aunque no tenga remedio, canta Serrat) que reciben las fuerzas artiguistas en Tacuarembó, en enero de 1820 -un año después de las noticias que diera a conocer el periódico francés- Gorgonio Aguiar, según la memoria de Ramón de Cáceres, le cuenta a Artigas en el paraje de Mataojo que «D.n Frutos, cediendo a la influencia de personas muy notables en el pays (se confirma lo de la elite antes aludida), estaba unido, o al menos en relación con los portugueses». El 25 de ese mismo mes «Lecor escribía desde San José que personas de íntima amistad con Rivera lo habían ya seducido para "ponerlo de acuerdo conmigo en el caso"»(Lockhart, ya citado).

Un mes y algo después, el 2 de marzo, en Tres Árboles sobre el Río Negro, Fructuoso Rivera admite la «obediencia del Gobierno (portugués) de la capital para evitar los males que se seguirán necesariamente de cualquier resistencia de mi parte». Entre ellas una inmediata y muy personal, dado que mientras estudiaba las propuestas del genuflexo Cabildo montevideano «se le presentó con gran aparato de fuerzas e imponente actitud militar, el teniente coronel (lusitano) Manuel Carneiro» (Eduardo de Salterain y Herrera. Revista Histórica. 1956).

No está demás recordar aquí, el aporte que incluyó Isidoro de María, en su biografía más completa sobre Artigas (año 1879): «Lecor, conforme a las instrucciones que tenía del Marqués de Aguiar, de fecha 5 de junio de 1816, ensayó el medio de un sometimiento pacífico con Artigas. Le propuso el goce de sueldo de Coronel de infantería portuguesa, su retiro a Río de Janeiro u otro cualquier punto del reino de Portugal para residir, a condición de que disolviése sus fuerzas y entregáse sus armas y municiones. El altivo caudillo rechazó con altura las proposiciones», como las llama de María, concuñado de Artigas y ferviente partidario de Rivera.

Presto y pronto, Don Frutos -que había desacatado la orden de Artigas de cruzar a su encuentro con sus tropas a Corrientes- saluda a los conjurados en el Tratado del Pilar en contra de su ex comandante y alaba a «los inmortales López, Ramírez y Sarratea, tan libres como los tres suizos que iniciaran la felicidad de su patria...». ¿Prehistórico antecedente del origen de «nuestra» Suiza de América?

Comenta Eduardo Acevedo que «si esas fuerzas lo hubieran acompañado a Corrientes, es probable que la suerte de las armas le hubiese sido favorable y entonces las Provincias Unidas habrían decretado la guerra al Brasil, como complemento obligado del derrumbe de las autoridades que habían pactado la conquista de la Banda Oriental. De ahí seguramente la amarga reconvención que el coronel Cáceres (en sus conocidas memorias) pone en boca de Artigas: "que Rivera tenía la culpa del triunfo de los portugueses"». Lo cual, por más ilustres que sean las referencias no deja de ser materia opinable, por aquello tan viejo de que la Historia es como es y no como nos hubiera gustado que fuera.

En tanto algunos tenientes de Artigas le siguieron para dirimir cuentas con los bonaerenses y otros quedaron prisioneros sufriendo el oprobio de lsla das Cobras en «el Janeiro», Rivera asumió el comando del Regimiento de la Unión, con asiento en Canelones, con el rango de Coronel, acatando la autoridad portuguesa, recibiendo «continuas dádivas de sus nuevos amos», al decir del oficial argentino Tomás de Iriarte en el primer volumen (también) de sus Memorias.

Pudo don Frutos, de quererlo, manejar pasivamente la nueva situación, sin embargo incide en el mejoramiento de las relaciones con «el gobernador» de Entre Ríos, Pancho Ramírez, justamente cuando éste va en frenética carrera en pos de Artigas. Apenas tres meses y algo, después de rendirse en Tres Árboles, el novel coronel cisplatino le escribe a Ramírez, le señala, al parecer el único impedimento que existe para la paz y la fraternidad a un lado y otro del río Uruguay: «Más para que el restablecimiento del comercio tan deseado, no sea turbado en lo succesibo, es de necesidad disolver las fuerzas del general Artigas, principio de donde emanaran los bienes generales, y particulares de todas las Provincias, al mismo tiempo que será salvada la humanidad de su mas sanguinario perseguidor. Los monumentos de su ferocidad existen en todo este territorio; ellos excitan a la comparación... mucho más a la venganza. Por estos principios han reconocido el mas tierno placer todos los orientales al nuevo gobierno, que les prestaba todos los beneficios que nacen de la paz. (...) Montevideo, 5 de junio de 1820. Fructuoso Rivera....

El opaco caudillejo entrerriano todavía no la había recibido cuando, ¡vaya
casualidad! le manda una a Rivera, el 31 de mayo, pidiéndole apoyo a su «digna» cruzada. Rivera, apurando los chasques, responde: «Todos los hombres, todos los Patriotas Deben sacrificarse hasta lograr destruir enteramente á D. José Artigas; los males que ha causado al Sistema de Libertad e Independencia, son demasiado conocidos para nuestra desgracia, y parece excusado detenerse en comentarlos, quando nombrando al Monstruo parece que se recopilan. No tiene otro sistema Artigas, que el de desorden fiereza y Despotismo es excusado preguntarle, cual es el que sigue. Son muy marcados sus pasos, y la conducta, actual, que tiene con esa presiosa Provincia Justifica sus miras y su Despecho.

El suceso de Correa (Jefe de la vanguardia entrerriana vencido por el comandante artiguista de Misiones, Javier Siti, en Arroyo Grande), me ha sido sensible y puedo asegurarle que todos han sentido generalmente que hubiese conceguido Artigas este pequeño triunfo. Yo Espero y todos que Usted lo repare...»

Rivera, en este nuevo rol asumido a principios de este mismo año al servicio del Barón Lecor; no espera a que los acontecimientos se precipiten por sí mismos. Hace gestiones, intermedia, juega de enlace entre portugueses, porteños y ex artiguistas; le agrega a Ramírez: «... y para que Usted conosca mi interes diré lo que he podido alcanzar en favor de Usted de S.E. el Señor Baron de la Laguna.

S.E. apenas fue instruido por mi de sus Deseos y me contestó que había sido enviado por S. M. para proteger las legitimas autoridades haciendo la guerra, á los anarquistas, en tál caso concidera á Artigas, y como autoridad Legítima, de la Provincia de entre Ríos á Usted. De consiguiente para llebar á efecto las intenciones de S. M. me previene, que abise á Usted que estaban prontas sus tropas, para auxiliarlo, y apoyarle como le convenga y para Este puede Usted mandar un Oficial de confianza, con credenciales bastantes al Rincon de las Salinas, donde se hallará el General Saldaña con quien combinará el pnto ó puntos por donde le combenga hacer presentar fuerza e igualmente la clase de movimientos que deven hacere. Usted persuadase que los deseos de S. E. son que usted Acabe con Artigas y para esto contribuira con Cuantos Auxilios, Están en el Poder.

Con respecto á que yo vaya á ayudarle puedo asegurarle que lo conseguiré, advirtiendole que devo alcanzar antes permiso Especial del Cuerpo Representativo de la Provincia (¡gaucho guapo nunca pone excusas!) para poder pasar á Otro, más tengo fundadas Esperanzas, en que todos los Señores que Componen este Cuerpo no se opondrán, á sus deseos ni a los mios cuando ellos sean Ultimar al tirano de nuestra tierra. (...) En todos casos quiera contar con la amistad de su atento So. Sor. y Amigo Q.B.S.M. Fructuoso Rivera» (Oscar Montaño. Umkhonto. Historia del aporte negro-africano en la formación del Uruguay. 1997). (13 de junio de 1820).

Nelson Caula 2


Al estilo «moderado» de Rivadavia y Belgrano

Entre los tantos delitos cometidos por una educación que nos ha inculcado una historia que no fue, se nos ha inducido a creer que nuestros héroes vivían en una constante amistad y camaradería y que sólo disentían cuando se producía la desbandada.

No por graciosa deja de ser llamativa esta comunicación, a poco más de un año de Guayabos: «Usted me ha escrito dos (cartas) -le expresa Artigas a Rivera el 11 de febrero de 1816-, y tengo la fortuna de que su letra se va componiendo tanto que cada día la entiendo menos. Es preciso que mis comandantes vayan siendo más políticos y más inteligibles». ¡No le dice nada! Artigas quiere a sus lugartenientes menos brutos y más políticos. Jugados a algo más que a la «viveza criolla». Y no indecisos; más inteligibles, no sólo para escribir, sino para expresarse, y para eso las ideas, fines y objetivos, y hasta sentimientos, no pueden andar tan entreverados o turbios en sus aptitudes o actitudes y mucho menos si se dirige gente, porque puede generar confusión ante los otros.

En la vida, como la entiende el Fundador de nuestra nacionalidad -en la revolución- hay que «andar clarito»: una posición bien artiguista. Intransigente. De lógica plena en ese crucial momento. Intransigentes al máximo eran entonces los directores porteños y los insaciables invasores portugueses; cosa que suelen soslayar algunos historiadores siempre preocupados en disminuir la magnitud del Jefe de los Orientales. Más pendientes de tendencias de los días que corren, traducen esa intransigencia en maneras poco «moderadas», y por ende sin probabilidades de éxito. Facilitándose a sí mismos la reflexión, concluyen: el único «terco» de aquellos tiempos fue Artigas.

¿Con quiénes debió conciliar? ¿Con los fanáticos exterminadores de indios? ¿Con quienes nada querían saber de un equitativo reparto de tierras? ¿Con los directores porteños que andaban desesperados buscando un aristócrata europeo para ofrecerle la monarquía de todas las Provincias Unidas? En 1819 «el Duque de Luca» había ganado el «casting» para ser el gran rey porque era francés pariente de los Borbones españoles y no tenía problemas en casarse con una infanta portuguesa, contemplando así los viejos intereses de estos últimos en la Banda Oriental, una vez barrida de cuajo la más mínima expresión de gauchismo. Los congresistas reunidos en Tucumán ese año estaban contentos con ese proyecto, porque Francia les daba protección militar y económica.

Sin embargo, esa idea no fue fruto de la desesperación de una guerra interminable: ya por épocas de relativo auge artiguista, el 16 de mayo de ¡¡¡1815!!!, Rivadavia y Belgrano le ponen la firma al entreguismo total y más descomunal que se pueda concebir: le «solicitan» a un ¡abdicado Rey de España! Carlos IV; le ruegan lo siguiente: «... recurrir a Vuestra Majestad (que ya no era tal, obsérvese qué capacidad para ser «súbdito») para que les conceda el remedio que encarecidamente solicitan de las manos de Vuestra Magestad. Este remedio. Su Señoría, no es otro que Vuestra Majestad ceda gustoso a favor de su benemérito hijo, Don Francisco de Paula, el dominio y la soberanía sobre estas provincias constituyéndolo Soberano independiente de ellas... hay serios fundamentos para la esperanza en el talento del joven príncipe, capaz de estimar los progresos de la época actual y de beneficiarse con ellos. (...) Cualquier otro plan que nos separe al pueblo de estos países de la influencia de la Península será impracticable o por lo menos de muy corta duración. (...) ... inclinándose ante Vuestra Majestad en nombre propio y en representación de sus constituyentes imploran a Vuestra Majestad como Su Soberano a conceder el objeto de sus fervorosos requerimientos y que Vuestra Majestad bondadosamente tenga a bien extender su paternal y poderosa protección a tres millones de sus más leales vasallos...».


Tal la manito que le dieron «grandes» historiadores del Río de la Plata a Belgrano y a Rivadavia para el engrandecimiento de sus figuras, en detrimento de otras llenas de verdad y entereza patriótica, como es el caso de Artigas. El documento, muchísimo más extenso pero con ese único sentido desde la primera a la última palabra fue publicado en Londres alrededor de 1850, conocido al poco tiempo por un importantísimo historiador uruguayo (al que no nos interesa destacar por este tema, dado que el hombre tiene sus méritos en su materia; todos cometemos errores por más que algunos parezcan imperdonables) no lo tradujo por el «oprobio -según él- que pueda recaer sobre nombres y reputaciones que como el del primero (Belgrano) son el más glorioso timbre de la hidalguía argentina»....

Tal el gran objetivo, a esas alturas, de la «emancipación independentista» del «histórico estallido» de mayo del ochocientos diez en Buenos Aires.

Artigas, Otorgués, Gay, Blasito Basualdo, Gorgonio Aguiar, Andrés Latorre, los negros Encarnación Benítez y Joaquín Lenzina, el caciquillo charrúa Manuel, Melchora la lancera guaraní, entre muchos otros gauchos tan gauchos como lo eran ellos, a diferencia de Manuel Belgrano y Bernardino Rivadavia, se habían tomado en serio la revolución. ¿Debió Artigas poner su firma junto a las de Belgrano y Rivadavia en ese documento, para que, los historiadores aludidos, le hubiesen dejado tranquilo sin acusarle de ésto, de aquéllo o de lo otro? Una declaración del actual «Director del Ateneo de Montevideo» -según una reciente publicación del maestro Gonzalo Abella-, es la siguiente: «Hay que bajar a Artigas de esa estatua (de la Plaza Independencia); él se fue, no quiso volver. Ahí hay que poner al fundador de nuestra Patria, a Rivera». Alguien -además del Profesor Guillermo Vázquez Franco honestamente cuestionador hasta de la nariz aguileña del Prócer- debería de una buena vez por todas exponer -¡CON SERIEDAD POR FAVOR!- las verdaderas razones del antiartiguismo que se hace perceptible, por ahora soterrado, en algunos círculos intelectuales...

¿Remanentes actuales del odio que le tuvo en su tiempo la logia «lautarina»?

Era Artigas tan cerrado que no celebraba acuerdos o alianzas..., se ha dicho hace poco, ¿qué cosa fue entonces la Liga Federal, base incuestionable del actual sistema federativo de provincias en Argentina y hasta en Brasil? ¿qué andaban haciendo embarcaciones norteamericanas con la bandera de Artigas hundiendo las ibéricas en todos los mares del mundo, incluidas las costas del Mediterráneo en España? Y los contratos comerciales que firmó con Inglaterra ¿nadie los vio? Y los paisanos ¿estaban condenados a no ser aliados de nadie?

La necedad de Artigas hizo que quedáramos fuera de la Confederación Argentina, dice alguien, hace muy poquito, en una crónica publicada en el matutino El Observador (2/5/99). Por su «culpa», por su grandísima culpa. A mediados de 1825, Juan Antonio Lavalleja proclama: «¡Pueblos! Ya están cumplidos vuestros más ardientes deseos; ya estamos incorporados a la gran Nación Argentina...». En 1828, Convención Preliminar de Paz mediante, nos independizamos como país, sólo temporalmente, como una especie de tregua, según parece haber sido el espíritu de la época. Salvo que dicho impasse se haya prolongado hasta nuestros días y no nos hayamos dado cuenta todavía, impresiona mejor la tesis del establecimiento de un Estado tapón entre «los grandes» Argentina y Brasil, impuesto por la intermediación británica, Lord Ponsomby en persona, de cara a sus propios intereses comerciales y marítimos. En 1830 se jura la primera Constitución y nace la República. Hacía entonces casi ¡¡diez años!! que Don Artigas se encontraba en San Isidro del Labrador de Curuguaty haciéndole honor al nombre de ese pueblito paraguayo. ¡Pero qué tipo tan terco! hacernos escindir así de Argentina. El tema de su culpabilidad intransferible e incompatible no tiene discusión posible: nos mató con la indiferencia.

Los «resultados están a la vista», dirá por otra parte más de uno, porque «Artigas perdió», debido a su postura poco o nada proclive a los entendimientos. Quiere decir que hasta el ardid de la traición ha dejado de ser, para ellos, mala palabra. Un endeble afán revisionista, indigno de cualquier historiador que se precie de serlo, presenta al «Artigas derrotado» como si lo hubiera sido en buena ley. ¿Acaso no existió un pacto secreto -uno más- entre los confederados argentinos o como se los llamara entonces y los portugueses? Ya hemos visto, y veremos más adelante, además, cómo gente clave, en sucesos también claves, se dieron vuelta como una media, incluso algunos, en el sentido más literal de la expresión: lisa y llanamente se vendieron al enemigo.

Eduardo Salterain y Herrera con toda su incuestionable sabiduría nos habla en 1956, con razón, de «las conciencias dormidas o compradas...». Dejando de lado el ideario, el pensamiento y todo el legado artiguista futuro, los grandes generadores de la traición en su propia época se lamentarían al poco tiempo. Es con alusión a los prohombres -José Agustín Sierra, Pedro Fabián Pérez, Juan José Durán, Bruno Méndez, Dámaso Antonio Larrañaga, Jerónimo Pío Bianqui, entre otros- del cabildeo montevideano, que Tomás García de Zúñiga, a la sazón síndico general del Estado Cisplatino, pregunta, en su manifiesto de abril de 1823, en la villa de Guadalupe (Canelones): «¿Es para ésto que ellos invocaron el auxilio de Portugal contra los Artigas? ¿Es para ésto que en 1820 os mandaron (habitantes de la campaña) dejar las armas y volver al sosiego de vuestras casas?...»

Nelson Caula 1

La cartica de Rivera
por Nelson Caula
zapican@adinet.com.uy




UN prócer "PALANGANA"

En la página 212 del primer tomo de mi libro "Artigas Ñemoñaré Vida Privada de José Artigas: Las 8 mujeres que amó. Sus 14 hijos DEVELANDO SU OSTRACISMO Y SU DESCENDENCIA EN PARAGUAY", primera edición en diciembre de 1999, se publica, casi completa, la carta de Rivera a Ramírez, cuyo original Eduardo Picerno ubicó por estos días en el Archivo de Corrientes y nuestro buen amigo Roger Rodríguez divulgó en "La República" el 23 de setiembre de 2007, causando un interesante revuelo. La vi por primera vez, gracias a Oscar Montaño que portaba el ejemplar "El Levantamiento de 1825. Preliminares. La Cruzada Libertadora" de Antonio M. De Freitas, del año 1944. De allí Montaño la transcribió en su obra "Umkhonto Historia del aporte negro-africano en la formación del Uruguay", del año 1997 (página 200) y extrajo el facsímil manuscrito del original (páginas 241 a 245). Al intentar aportar algunas nuevas reflexiones al respecto, y luego de observar los comentarios de última hora generados a raíz del artículo de Roger, llegué a la conclusión que aquel enfoque en el que incluí la tan mentada misiva, está todavía, demasiado al día, como para no volver a proponerlo. Los lectores dirán si estamos o no en lo cierto. Por lo tanto les invito a repasar aquí las páginas 203 a 225, del primer Artigas Ñemoñaré:

Hijos de Artigas y soldados de Rivera

Por tratarse esta investigación de iluminar lo mejor que podamos las vivencias de las mujeres que constituyeron familia con Artigas, también la de sus hijos, y teniendo en cuenta el solo hecho de que Fructuoso Rivera haya sido el actor aglutinante de la carrera militar de los tres Artigas y hasta el protector -junto a su esposa- del menor; alguien puede concluir, en que por esta sola actitud, fue «Don Frutos» un hombre ejemplar.

El modelo más a mano que tenemos, el del autor Thévenet, refleja perfectamente la idea que se ha hecho carne en el imaginario social uruguayo por décadas y décadas; cuando menciona a Fructuoso Rivera lo hace con términos como «glorioso» o «valeroso jefe oriental» o conceptos tales como éstos: «acude Rivera ... llevando a su lado a Santiago, al hijo del que había sido su jefe en Las Piedras y del que era su hermano en las supremas aspiraciones del patriotismo...»; insiste en otras páginas sobre «la vinculación estrecha entre ambos caudillos y el respeto que mutuamente se guardaban» ... «tan leal era el triunfador del Rincón a esa amistad con Artigas...», etc. La honestidad de Thévenet -para quienes hemos visto hasta el apasionamiento que puso en su denodado esfuerzo por hacer justicia con la estirpe artiguista que nos ocupa- está absolutamente libre de cualquier tipo de cuestionamiento. «Publicistas» de la Historia han trabajado con ahínco durante largos períodos de la vida de nuestro país, desde un ángulo estrictamente subjetivo, para darle buena imagen al «triunfador de Guayabos». Cientos y cientos de miles de uruguayos de distintas generaciones han creído en ella de buena fe.

Observemos qué depara el lado oscuro de la luna.

El 14 de febrero de 1819 -un año previo al desastre de Tacuarembó que marca un antes y un después en el destino del artiguismo; medio año previo a la separación de Melchora y José Gervasio; y con este último en el Queguay planificando el inicio de «las hostilidades de nuestra parte» en las Misiones, el ataque combinado con Andresito- en París, el «Journal du commerce» hace pública la noticia de que «...un coronel Rivero («Don Frutos») capta el favor público y se propone, dicen, suplantar a Artigas». Principios del diecinueve, muy lejos todavía de una derrota definitiva de Artigas, el plan recambio es noticia en Europa.

Lo del «favor público» se refiere, obviamente, a la elite portuaria montevideana, «goda» a más no poder, por ello tanto tiempo sitiada y por esas épocas entusiasta pro lusitana, luego ¡pro portuguesa! cuando surge Brasil -por siempre europeísta y conservadora al fin y al cabo- que, vaya si habrá buscado un nuevo «jefe de los orientales», conciliador, con «juego de cintura», «pragmático», o mejor de «utilidad práctica»... hasta que lo encontró. Para que con esa impronta capitaneara el barco de la nación en gestación hacia una futura Suiza en América, lo más distante posible del «desierto», o «el lejano norte», tan cercano de la «banda de los charrúas».

Cierta historiografía oficial ha pretendido asignarle a la batalla de Guayabos casi tanta o más importancia que a la de Las Piedras, reduciendo el tema a algo así como «cada héroe con su batalla», la de Sarandí sería la que corresponde a Lavalleja. Comparar con cualquier otra, la magnitud que significó la victoria de «nuestro mayo» del año once, sólo tendría algún valor si trasladáramos este acontecimiento al contexto continental, y aun en él pocas se le igualan; fue justamente para Indoamérica que tuvo una enorme trascendencia como envión emancipador. Pero en esta historia «uruguaya» tan tergiversada de cada día, ya no se trata, al parecer, de cuál batalla fue la mejor ganada, sino por quién. Y es por este andarivel de indagación, que seguimos un reciente enfoque de Jorge Pelfort (Busqueda. 9/1/1997):

«Fue sin duda a muy poco tiempo de la gran victoria de Artigas sobre las tropas directoriales de Dorrego, en la batalla de Guayabos (10/1/1815) que comenzó a urdirse la espuria versión de que el comandante en jefe en la triunfal jornada no habría sido el propio Artigas, sino su comandante de milicias en dicha oportunidad, el capitán Fructuoso Rivera. Sin ninguna documentación seria que la avale, ella ha sido impuesta desde tiempo inmemorial en nuestros textos de enseñanza..

En momentos en que la batalla se encontraba en su momento decisivo, Artigas envía a Bauzá por medio de su ayudante Faustino Tejera, conminándole: "Ataque Ud. de firme, no entretenga el tiempo en guerrillas, pues Ud, sabe lo escasos que estamos de pólvora"... ¿Quién era y qué hacía por allí el ayudante Faustino Tejera? ¿Pasaba de casualidad o vino de curioso creyendo que se trataba de un festejo?... Dos décadas después, cuando el coronel Faustino Tejera -sostenedor militar y político de Rivera- solicita sus reconocimientos de servicios militares, el coronel Andrés Latorre, segundo de Bauzá en Guayabos, atestiguará... "que el Coronel Don Faustino Tejera sirvió a los ejércitos de la República desde el año 1811... habiendo sido en la acción de los Guayabos ayudante directo del general Artigas"... ¿Qué andaría haciendo Artigas por Guayabos dando la orden decisiva del triunfo?... ¿Estaría pues, Artigas, actuando como comandante en jefe o como mero "apuntador" refrescándole el libreto al juvenil capitán de Blandengues (Rufino Bauzá)?... Lo hacía muy sabiamente, desde una prudencial distancia, consciente de que él y nadie más que él, representaba La Causa de sus coterráneos.

En cuanto a la teoría del capitán de milicias Rivera comandando la batalla -prosigue Pelfort-, resulta aún más absurda... Sin antecedentes militares de valía a ese momento, resulta impensable que Artigas, que no se encontraba ni enfermo, ni en goce de licencia, ni mucho menos, se le ocurriera otorgarle el mando de una fuerza cuyo núcleo principal lo constituía nada menos que el cuerpo de Blandengues... Un mes atrás... don Frutos había aplicado un bofetón a un blandengue, lo que hizo que sus compañeros, que se destacaban por un muy quisquilloso espíritu de cuerpo, le atacaran, según Isidoro de María "despojándole hasta de sus vestidos, escapó providencialmente de ser la víctima del desenfreno de los sublevados". La oportunísima llegada de Lavalleja evitó que las cosas pasaran a mayores. Narra Bauzá que Artigas convocó de inmediato a una junta en Corrales, ordenando "...se presentasen todos los jefes y oficiales para informarle de los sucesos pasados. Con más o menos detalles, refirieron todos lo que sabían... En cuanto a Rivera, no profirió palabra..." ¿A quién se le puede ocurrir que a consecuencia de tales hechos Artigas, caudillo nato, pudiera concebir la estrafalaria idea de renunciar a la dirección de la batalla tan decisiva para confiársela justito a Rivera, recientemente repudiado y vejado por bastante más de la mitad de las tropas a comandar?

(...) Si Rivera o Bauzá, militarmente dependientes de Artigas, hubiesen sido los triunfadores de Guayabos, ¿qué demonios se han hecho los insoslayables partes de su victoria?... sencillamente jamás existieron porque el triunfador, Artigas, no se iba a escribir un parte a sí mismo con la mano derecha para recibirlo con la izquierda (...) un oficio del general Viamonte al Directorio, fechado el 13 de enero en costas del Uruguay, notificándole de "...el suceso del 10 del corriente entre el Cnell. Dorrego y caudillo Artigas" (es) la única mención que se conoce de parte de los derrotados acerca de su contrincante en Guayabos».

Agregamos ahora, por intermedio de Carlos Maggi (Artigas y su hijo el caciquillo. 1992): «El día siguiente del triunfo en Guayabos, Artigas le escribe a Baltasar Ojeda indicándole que debe organizar el regreso de las familias a las costas del arroyo Mataojo», y destaca «la primera frase de esa carta... signada por el entusiasmo...: "Mi victoria, victoria, victoria sobre los de Buenos Aires, es a favor de los orientales".»

Como si hubiese adivinado intenciones de «piratearle» el comando de la batalla. Agrega Pelfort que quienes citan la frase la traducen «distraídamente al plural como "Nuestra Victoria...", útil, aunque no fundamental adulteración a los efectos de seguir ambientando la eterna falacia».

Ese formidable revisionista que fue Don Luis Alberto de Herrera, se afilia a la tesis que un gran responsable de esta batalla fue aquel que recibió el terminante oficio de Artigas: «La pasión -publicó en 1947- pretendería, luego, negar el mando superior de Bauzá, indudable, atribuyéndoselo a Rivera...». Y el entrañable negro Joaquín -Ansina- Lenzina, desde el «entrevero» consignó: «...En la isla del Guayabo ... Artigas y Bauzá, con sus hombres ardientes, Como Rivera están, Con sus milicias valientes...»(Ansina me llaman y Ansina yo soy. 1996).

En la misma obra de Maggi, ya citada, éste ubica pormenorizada documentación confeccionada por «tres espías portugueses» que detallan los movimientos inmediatamente posteriores a Guayabos. En todos ellos, José Gervasio Artigas es el único gran protagonista:

«Artigas reunió todas sus fuerzas... Artigas incitó contra Buenos Aires... Artigas tiene el mayor empeño y el mayor interés... Artigas, recelando un ataque (...) llegaron dos caciques de los indios... para unirse al partido de Artigas. Siguieron según sus órdenes... Artigas estaba muy preocupado por la falta de municiones... Artigas no tiene intención de retirarse...» (Joao Carneiro da Fontoura, «Campamento de San Diego, 15 de enero de 1815»).

Las «fuerzas actuales de Artigas exceden el número de 3.000 hombres, casi todos armados, como consecuencia de los muchos armamentos que le han tomado a las partidas de Buenos Aires (en Guayabos)... Artigas reunió todas sus fuerzas dispersas, que mandó atacar las de Buenos Aires (en Guayabos)... el día 10 del corriente se encontraron las dos columnas (...) perdieron los de Buenos Aires 200 prisioneros y muchos muertos cuyo número, dice Artigas, ha de ser de 400 hombres... Después de esto mandó a Otorgués con cerca de 1.000 hombres para la inmediaciones de Montevideo; a Fructuoso Rivera, para Colonia y otrapartida para Paysandú... mandó orden a Blás (Basualdo) para retroceder... Artigas se puso de buen humor... mandó regresar las familias a donde antes estaban...» (Joao dos Santos Abreu, «venido del cuartel general de Artigas después del ataque»). «Artigas está en buena relación con los paraguayos... él procura cumplir su plan de comandar la campaña de Montevideo...» (Antonio Remoaldo, «venido del campo de Artigas después del ataque»).

Artigas, Artigas, Artigas... manda, hace y deshace. Artigas es Artigas. Bauzá, Otorgués, Rivera, Basualdo, Ojeda... cumplen órdenes, lo obedecen.

En pleno auge del máximo caudillo le pasaban estas cosas. Qué dejamos, entonces, para alguien que ni por asomo reunía lauros similares, por más que se tratara de un destacado oficial. «Fructuoso» (como él mismo acostumbraba firmar), al parecer, tampoco ganó la batalla del Rincón en la primavera de 1825, cuando se involucró forzadamente en la Cruzada de los Treinta y Tres Orientales. Los documentos los exhumó no hace mucho Washington Lockhart(Rivera tal cual era. 1996): cuando se produce el avance de las tropas enemigas, Rivera «ficaba encerrado e irremediablemente perdido dentro del Rincón», revela Antonio Gadea de Sena Pereira, soldado de los vencidos. Su testimonio es reproducido por Brito del Pino en El Centenario de 1825: «Servando Gómez, vigilante y dedicado, apenas descubrió el cuerpo de Jardim que traía delantera a su rival Barreto (viniendo los dos a gran galope desde Paysandú, tratando de aventajar uno al otro), fue el primero en comprender, al ver el estado de esa fuerza y el desorden y descuido en que marchaban, que la victoria era fácil. Esperó Servando Gómez pues el momento favorable, y sin prevenir a su jefe Rivera cargó de golpe sobre nuestra fuerza y con tal ímpetu que apenas se pudieron poner en línea 30 o 40 hombres cuyos caballos aún se prestaban para maniobrar. Pero no pudiendo ser secundados por sus compañeros, cedieron al ataque violento del enemigo, y pagaron con la vida su pericia, disciplina y valor. Confusos, envueltos por Servando Gómez, cuyos soldados estaban todos en condiciones de combatir, y perseguidos sin descanso, debieron precipitarse sobre la retaguardia. Siguió así el desconcierto de Mena Barreto, y el triunfo de Servando Gómez fue por lo tanto completo, pues consiguió desbandar ese segundo cuerpo, hiriendo y matando casi sin resistencia y sin peligro».

En sendas cartas a Lavalleja y a doña Fragoso, Rivera se autoproclamó como el gran vencedor. Elogiando a «Servandito», entremezclado entre otros jefes. Se comenta que fue tal el enojo de Servando Gómez, que se puso de inmediato -y por el resto de su vida- a las órdenes de Manuel Oribe. Bien lejos y en contra de Rivera. No obstante ello Don Frutos vuelve a escribirle a su mujer en octubre, a unos diez días de ese choque fundamental para la liberación de los brasileños en el rincón del Uruguay y norte del Negro: «...por tan feliz resultado te felicito haciéndome cargo cual habrá sido el placer que sentiría mama al considerarme vencedor de nuestros injustos opresores...».

Tales, algunos de los hechos que hicieron famoso a don Rivera y que tal vez, terminaron por deslumbrar -entre muchos otros- a tres de los hijos de Artigas.

martes, 24 de mayo de 2011

Paso del Bote anduvo apagando las velitas


Este Lunes 23 de Mayo se reunió la Comisión Directiva de Paso del Bote F.C. para recordar los 52 años de las fundación de la institución y recordar algunos aspectos de su historia.

El 23 de Mayo de 1959 se funda el club Paso del Bote para jugar en Cuarta de Ascenso. El cuadro toma el nombre del barrio que lo vio nacer. Por esos años el único puente que cruzaba la desembocadura del Arroyo Ceibal era el puente conocido como “Los Algarrobos” y quedaba sumergido con cada creciente del Río Uruguay. En esos casos se cruzaba del centro a los barrios del Sur en botes que salían de Colón y Cervantes. De allí el nombre de la zona de Paso del Bote.

Cuentan los veteranos del barrio que el club fue fundado por un grupo de jugadores de Salto Uruguay que promediaban los 30 años y estaban llegando al final de sus carreras en primera. La idea era seguir jugando juntos y en el barrio. Entre ellos estaban: “Negrito” Martinez y “Palito” Méndez como arqueros; “Babi” López, José Urtazúm, Pedro Romero, Quiroz, Solís, “Gallego” Artizcorreta, “Macho” Pereira, Horacio Pereira, “Sapito” Gonzalez y “Gringo” Tona. El técnico era Oscarsita y el equipier “Tito” Rodríguez.

El primer año salen campeones y logran el ascenso a Tercera Extra (actual Primera C) y al año siguiente son campeones y logran el ascenso a Intermedia (actual Primera B).

La primera sede estuvo en el garage de Rovelli en Cervantes 371. El primer Presidente fue Sandalio Albanes, luego vino Aníbal Frioni, luego Américo Boyssounnade y después Raúl Ferro. En 1966 a instancias de Raúl Ferro se consigue la cancha (que lleva su nombre) y el predio de la actual sede social.

La actual Comisión Directiva aprovecha la oportunidad para brindar por el club y saludar a todos los jugadores, socios, hinchas y allegados que supieron estar de una forma u otra en nuestra institución. Son muchos años, mucha gente y muchas ganas de agradecer a todos los que aportaron ayer, hoy y siempre. Brindamos por el futuro de este club, que no se agota en lo deportivo, sino que se proyecta a la tarea social compartiendo su cancha con la UTU y la Escuela 4 para las clases de Gimnasia y actividades recreativas y trabajando junto a la Comisión Vecinal en pos del desarrollo del barrio, y por tanto, de la ciudad de Salto. ¡Salud a todos los que se sientan parte de esta historia!

flamencos

flamencos
ustedes se la pasan haciendo piquitos

Etiquetas